Acostumbro a volver la vista con giros justos de 365 días, y me busco sentimentalmente en fechas clave superponiendo pasado y futuro, fundiéndolos sin encontrar apenas matices.
En esta espiral llevo volando un tiempo indeterminado. Cuando no cuadraban años, cuadraban meses y cuando no, días y podría apurar hasta las horas, hasta los segundos. E incluso ir más atrás, con tiempo negativo, llegando a prever una tormenta que nunca pensé que podría llegar a ser un cambio en el clima permanente.
Lo mejor en las tormentas, en los desastres, es resguardarse bajo algo seguro, algo que te garantice tu integridad física, o psicológica en mi caso. Te refugias en esa fortaleza de hormigón y piensas que es imposible que haya algo capaz de resquebrajarlo porque la perfección con la que se construyó ese fortín hace impensable cualquier atisbo de duda. Vives encerrado, no tienes contacto con el exterior, dentro de la enfermedad que padeces, hay días que crees o quieres morir y días que te verías con fuerzas para desafiar a los rayos y los truenos, aunque sin mirarlos a los ojos.
Acostumbras a tener impulsos, piensas que eres capaz de dominar una tormenta, y la ceguera que produce imaginar una mañana soleada te hace cometer imprudencias que no hacen más que provocar una descarga de lluvia con más violencia, ululando el viento con tanta fuerza que no te deja conciliar el sueño, o conciliarlo con demasiada imaginación. Locuras como abrir una ventana cuestan caro. Pero siempre te quedaba la garantía de que, aunque jugabas con fuego, jugabas sobre seguro. Saltabas con red de protección. Esas insensateces como mucho producían daños pequeños, seguían siendo daños sí, pero las gruesas paredes del refugio impedían que la cosa acabara en desgracia.
Pero qué pasa si un día, lo que es deja de serlo, o de querer serlo. Qué ocurre si la propia habitación, esa garantía de seguridad, ese hospital de campaña, UCI y loquero, ese lugar perfecto para encontrar asilo emocional, decide dejar de SER. Aunque sólo lo decida por un día, por una hora, por unos míseros minutos. Si las tensiones de ese material se relajan, si deja una mínima oportunidad a la climatología para asumir el mando, aunque sólo haya perdido su identidad unos instantes… ha perdido. Y estás perdido. Una pequeña fisura, provocada por el despiste, desemboca en una corrosión de la armadura… la estructura falla y el refugio que tu creías como algo inalterable, que tu tenías por una construcción faraónica… se viene abajo y tú con él. Aunque te haya protegido durante años, y haya sido tu garantía de vida, si comete el error de ceder su esencia durante un largo segundo…se acabó. De repente te encuentras desnudo y desorientado, bajo la peor cara de la tormenta. Y es que hasta ese momento tu creías que la lluvia, por mucho ruido que armaran los truenos, no dejabas de pensar que no era más que agua y que en algún momento volverían esos dulces días de verano y otoño. Pero tristemente descubres q no llueve agua sino alfileres y abres los ojos y lejos de quedarte ciego, ves.
Mueres acuchillado por una lluvia de la que antaño viviste y bajo unos escombros que durante una eternidad consideraste tu hogar. Te desangras y, mientras, no ves tu vida como una película sino que vuelves a una tarde soleada con lluvia de agua y olvidas aquel día en el que descubriste que las gotas estaban afiladas...

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