No podía permitir que las cosas acabaran así, mucho había pasado para que esas lagrimas fueran la única rúbrica a algo tan mágico, por lo que ese grito fue un acto impulsivo, como respirar, como bombear sangre… me gustaron los ejemplos. Mi cuerpo había reaccionado en el momento más oportuno y ahora le tocaba a mi mente articular con palabras los sentimientos que le estaba gritando mi corazón, que torpe iba a sonar todo… era algo indescriptible.
Me acerqué a ella, continuaba de espaldas. La oía llorar, muy bajo, casi silencioso, como si no quisiera que nadie se enterara de que la pena la estaba devorando por dentro, de que aquel estúpido que tenía detrás no iba a ser capaz de decir las palabra adecuadas, ni si quiera ella sabía que quería oír, pues no conseguía establecer una simple conexión entre su alma y su cabeza, nadie se hacía con el control en su interior…
Cuando estuve a escasos centímetros de ella, la pensé, era increíble que anteayer todo fuera tan mágico y hoy pintaba que acabaría llorando al vaciar la última botella del minibar de mi padre… Esos interminables segundos se me antojaron días… meses… y sentí que ya la echaba de menos, no la había perdido ni un instante y ya la añoraba, notaba como el nudo que fuertemente nos había atado poco a poco se había deshilachado hasta estar a punto de romperse, no lo podía permitir…
Así que la anude los brazos a la cintura y durante unos instantes disfruté de ella y me aislé de todo lo ajeno, todo lo que pudiera perturbar ese momento, me adormecí con el olor de su pelo y poco a poco fui acompasando su respiración a la mia… cuando me quise dar cuenta estaba saboreando una de mis lágrimas…
Y fue ahí cuando mi corazón volvió a tomar las riendas, note como él no daba la batalla por perdida y no se resignaba a tirar la toalla y lentamente la giré para ponerla delante de mí. Ella, se volvió con la cabeza agachada y poco a poco la fue levantando hasta poner sus ojos en los míos. Y en ese momento me di cuenta de que eran preciosos, aun con el brillo triste de sus lágrimas me encandilaron como la primera vez y me hice prometer a mi mismo que archivaría esa mirada en el cajón más seguro de mi mente, quería tenerla a mano cuando espirara mi último aliento.
Fue entonces cuando intenté explicarme, cuando intenté decir las palabras mágicas, esas que todo lo solucionan, que convierte lo malo en bueno, que pasan página y que resuelven cualquier problema… pero no las encontré… toda mi labia acumulada, mis noches de joven de discotecas, de encandilador… no sirvieron de nada, en ese momento me sentí un auténtico estúpido… temí que la iba a perder por no ser capaz de comunicar que ardía por dentro, que mi corazón se resquebrajaba dolorosamente y el fuego arrasaba cualquier rincón de mi cuerpo. Pero en ese instante actúo el milagro, logré dar solución a los sentimientos atropellados que no encontraban camino al aire en forma de palabras y los reconvertí. Pasaron a darme la energía y la convicción
que necesitaba.
La tome de la barbilla y la besé…
Y una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal, desde sus labios consiguió inundar mi sistema nervioso hasta el punto de hacerme flaquear las piernas y aumentar mi ritmo cardiaco. Luego note su mano subir por mi cuello y casi pierdo la consciencia cuando sus dedos se entrelazaron en mi pelo… y pude constatar como dejamos de ser dos personas fundiéndonos en una única alma que ya respondía a las órdenes de ninguno y que nos unía en ese beso bajo las notas de alguna banda sonora memorable que se estaba escribiendo en ese momento y yo, mientras volaba en esa nube, sentí como mis manos se anudaban a su cintura, volviendo a crear ese nudo que había amenazado con romperse y que ahora parecía haberse unido con acero.

…Y así encontré la manera de que mi corazón se comunicara con el suyo, de expresarle todo lo que quería y de jurarla amor eterno.
CoH!82
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