
Es curioso ver como situaciones que recuerdas que fueron realmente especiales y felices se transforman de repente en algo ácido, difícil de digerir, que al pasar por tu mente provoca un intenso dolor en el pecho y el estómago.
Es algo injusto, los recuerdos de situaciones felices no deberían acabar siendo una fuente de tristeza sino de todo lo contrario, pero la cruda realidad es que cuando los protagonistas, por distintos motivos ya no están, las connotaciones de esas vivencias cambian radicalmente.
Yo lo pasé a las dos semanas de que me dejara. Al principio es algo que me costó asimilar, como algo que no ha pasado, pero llega el momento en el que te das cuenta de que esos recuerdos quedan ahí, delimitados por la propia frontera de la palabra... Hace no mucho hablaba con una amiga sobre el hecho de borrar esos recuerdos, si se tuviera la posibilidad claro, como en la película “Olvídate de mí”. Ella decía que lo haría sin dudar que no valían más que para generar dolor. Yo sin en cambio, la dije que no lo haría, porque es que yo no creo que fuera más feliz sin esos recuerdos, bueno quizá a corto plazo fuera un alivio poder rehacerme y todo eso pero en realidad significaba borrar una parte de mi vida en la que yo había sido muy feliz, más que con ninguna otra chica y quizá el que ahora sienta dolor es una prueba de esa felicidad.
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